EL FRAILE DESCABEZADO

Pedro Solarte caminó unos cuantos pasos con su mirada perdida en la bóveda celestial que lo vigilaba muy de cerca, tan de cerca que sentía que podía tocar las estrellas. La noche era tan fría que sentía como si cientos de cuchillos le atravesaran el cuerpo. Él recogió los hombros, abotonó su camisa hasta el último botón, acomodó su ruana y metió las manos entre los bolsillos de su chaqueta para cubrirse de la heladez y empezó a caminar.
Bajó la mirada, descubrió su sombra que se proyectaba sobre la grisácea calle por la que pausadamente caminaba hacia la parte baja y central del pueblo. Observó, entonces que tan flaca era su contextura al contrastar la delgadez de sus piernas con la holgura de su ruana. Hizo un ademán con su cabeza para acomodar su sombrero y sacó la mano izquierda de su bolsillo para mirar la hora. Apenas saco su mano sintió como el frio se le metía por todos los poros. Sonrió para sus adentros y trató de mirar la hora en su reloj. Aunque, era casi imposible saberlo debido a la poca luz del deficiente alumbrado público. – ¡Caramba!, ¡cómo pasa el tiempo! ¡Ya casi son las doce! – siguió reflexionando mientras caminaba calle abajo sin percibir movimiento alguno a su alrededor. Su escuálida figura de hombre alto y delgado, cubierto con una ruana larga y oscura, hacía que la sombra se agigantara y achicara por la luz tenue de las pocas bombillas que funcionaban a lado y lado de la calle. Pasaron alrededor de unos 20 minutos desde que se despidió del amigo con el que había compartido unos tragos, aquellos que le sirvieron para abrigar la amena conversación que tuvieron esos dos viejos amigos. No había embriaguez en su cabeza ni mucho menos, pues, los tragos en su cuerpo apenas y les servían para aplacar el frío de la noche de aquella estrecha calle.
De pronto, sintió un ruido salido de entre las sombras y vio cruzar al lado de él un pequeño montículo fugaz que, al pasar por debajo de una de las titilantes bombillas, pudo distinguir que era un gato. De un momento a otro sus ojos brillantes, cual pequeñas linternas, se clavaron en él. Y de repente el pequeño gatito lanzó un maullido que estremeció a Pedro hasta los huesos.
Pasado el susto, Pedro cruzó la calle que lleva al cementerio ubicado en lo alto del pueblo. Continuando por su camino, a lo lejos podía divisar el campanario de la iglesia de San Bartolomé, antiguo templo de estilo barroco que fue reconstruido recientemente. Quiso cambiar de ruta debido a un extraño presentimiento. Sin embargo, desistió de la idea porque quería evitar el camino más largo. Además, tras el miedo que le produjo el gato recordó algunos cuentos y leyendas que escuchó cierto día cuando aún era niño. Cuando aún inocente creía en las imaginarias realidades de la vida. Cuando aún se dejaba ilusionar y estremecer de miedo por los cuentos bien narrados que salían de los labios de su tierno abuelo.
Así que, al pensar en ello, a su mente saltó el recuerdo de los agüeros y trató de captar el verdadero color del pequeño felino y no sabía que responderse a sí mismo ¿era negro? ¿O era pardo? No sabía precisar. Sintió de repente un no sé qué que lo obligó a sacar del bolsillo del pantalón un cigarrillo para fumar, buscó entre sus bolsillos la fosforera y de inmediato encendió el cigarrillo. Al hacerlo, cuando la llama azul flameaba para encender el cigarro, sus ojos se quedaron fijos mirando hacia la iglesia, donde en medio de la penumbra parecía desdibujarse una sombra, la misma que a manera de bulto irreconocible se asomaba a la tenue luz de los faroles de la esquina del único parque del pueblo, ubicado justo en frente de la iglesia.
Al mirar esa sombra al principio sintió un alivio al encontrarse con alguien a esas horas de la noche, así que a toda prisa guardó la fosforera en su bolsillo y caminó un poco más rápido para encontrarse con ese alguien desconocido. Ese alguien empezó a aparecer y desaparecer entre los faroles de la iglesia, situación que lleno de intranquilidad a Pedro. ¿Quién podría ser, que a manera de fantasma aparecía y desaparecía por entre las sombras de la distante penumbra? sin darse cuenta cuanto tenía el cigarrillo apretado entre sus dientes. Su corazón palpitaba aceleradamente, sus ojos permanecían fijos en un lado del templo y su frente y sus manos sudaban sin saber por qué. Pedro creyó ver claramente la singular silueta y quedo admirado con lo observado. No precisaba lo que había visto ¿era un hombre corpulento? ¿o era un fraile con su habitual sotana ancha? la curiosidad pudo más que su miedo y caminando apresuradamente se acercó a donde observaba la imprecisa figura.
Un sudor frío junto a un nerviosismo expectante se apodero de Pedro, quien dé un momento a otro paró su caminar al encontrarse cara a cara con la singular figura. Se aterró y una fulgurante ola de temblores recorrió su cuerpo. El temor ante lo inesperado le hizo caer el cigarrillo de sus labios y una sequedad en la garganta le impidió tragar saliva. Con sus ojos totalmente desorbitados, pudo constatar que la singular figura se trataba de un fraile. Lo supo por el tradicional hábito que cubría su cuerpo. Sin embargo, el fraile tenía una característica infernal: ¡No tenía cabeza! Era un fraile descabezado y aún en la penumbra se podía observar que recién se la habían cortado: la sangre chispeaba del cuello y se resbalaba hacia su pecho. Además, en una de sus manos el fraile sujetaba su cabeza y las gotas de sangre chorreaban una y otra vez hasta manchar de negro la calle…
Pedro Solarte no pudo resistir un minuto más aquel horrible espectáculo del “Fraile descabezado”. Sin embargo, cuando intentó huir sus piernas no le respondieron. Todo su cuerpo se quedó inmóvil y perdió el conocimiento. Un pequeño hilillo de agua amarillenta se comenzó a observar entre sus piernas que pronto se convirtió en una corriente fluida de olores nauseabundos que se esparcieron por todo el lugar. Al día siguiente, cuando las puertas de la iglesia se abrieron para la misa de las seis de la mañana, los feligreses observaron el cuerpo de aquel hombre tirado en el piso cual borracho.
Al terminar la misa. El tropel de la gente a la salida despertó a Pedro, quien al notar cómo lo miraban los transeúntes de reojo y, al verse en ese el estado tan deplorable en el que se encontraba, se levantó tapando su cuerpo con la ruana. Después, caminó por la calle hasta perderse avergonzado sin atinar con precisión lo que había sucedido la noche anterior de su aterradora desgracia. 

Fin.